lunes, 14 de julio de 2008

MARIÉN

Foto de Beatriz Morán

–Empiezo por decirle que yo soy una persona seria. Tengo un currículo académico y una historia de vida que lo comprueban. Puedo demostrarlo: el currículo, no la historia, las historias personales no se muestran, sólo su saldo es visible; positivo o negativo, se ve al final del recorrido del tiempo, cuando el blanco de las sienes y las hormonas de reposición restablecen la verdad en el cómputo general de las columnas del activo y del pasivo. Y además de seria, soy sensata. Si hay algo de lo que me enorgullezco es de ser una celosa madre de familia, una profesional honesta y una ciudadana útil a la sociedad. Sí, seguro, siempre supe que tenemos aspectos en nuestra personalidad que no son completamente conocidos, hay áreas cenicientas, zonas de sombra, algo de escarcha y niebla, lo sé, la ciencia lo explica cuando no lo baraja, pero en fin. De todos modos puedo afirmar que jamás permití que esas siluetas menos luminosas se asomasen al balcón de mi vida pública, por decirlo de algún modo. Tuve el cuidado de mantener a mis fantasmas privados al resguardo de cualquier mirada indiscreta y si alguna vez –y debo admitir que ha sucedido– alguien se enteró de que había bultos enmascarados recorriendo mis íntimos senderos, ésos fueron mis familiares más próximos, marido, hijos y madre, en ese orden de información y con exclusividad.

–Muy bien, sigo: esto expuesto y a bien de la verdad, no puedo decir que nunca sospeché de la existencia de algún otro Yo dentro de éste que aparento y exhibo; un súper ego, por supuesto –¿Y quien no lo tiene?– con su correspondiente id debidamente controlado puesto que la información científica sobre esos temas es accesible, si no a las masas por lo menos a quien tenga pincelado el intelecto con el barniz de una educación de nivel superior, como es mi caso; un lobo estepario, tal vez, pero debidamente entrenado para no ensuciar con sus patas la alfombra de las etiquetas, seguro que usted ha leído a Hermann Hesse; quizá un Dasein, sintiéndose culpado por no ser el fruto de su propia creación, pero de Heidegger por supuesto usted sabe más que yo. Como ve, todos esos fenómenos no me eran desconocidos ni me fue ajeno el cuidado de mantenerlos reducidos a sus debidas proporciones. Pero con ella no contaba. Se me apareció un día con estatuto de alma melliza, otro yo, segundo ser, como le quiera llamar, habitando el caparazón de mi dimensión corpórea. Dijo que se llamaba Marién. Ésta es la razón por que vengo a consultarlo, doctor.

–Pregunta usted cuál fue mi reacción. Bien, no se puede decir que no haya intentado convivir pacíficamente con la persona esa que se me presentó, mejor dicho que me empujó hacia un lado para que le cediera espacio en mis circunscritas realidades, sí que lo hice, en verdad tengo algunos conocimientos de psicología, aunque principalmente de psicología social –¿Le dije que soy socióloga?– pero no, el problema no se encuentra en elaborar un esquema para una coexistencia armónica, sino en mantener determinados trazos de su personalidad ceñidos en un ámbito razonable.

–¿Que le dé un ejemplo? Por supuesto, figúrese usted que ella habla español. Sí, usted lo escuchó bien, fue lo que dije: habla castellano. Dice que es de Andalucía, descendiente de moros, gitanos y judíos. Naturalmente, en cuanto al habla castellana, le dije que no me parecía practicable, puesto que mi idioma materno es el portugués, mi familia es lusitana desde los tiempos de D. Afonso Henriques, que me conste nunca hubo en nuestro árbol genealógico ningún fruto cogido por manos que se hubieran extendido desde el otro lado de la frontera. Así que, cómo vamos a entendernos, le pregunté educadamente. Dio de hombros. Ya veremos, respondió con displicencia. Por hablar de eso, es una persona displicente, debo decirlo. Lo noté de pronto, porque no compartía mis preocupaciones. No parecía importarle la cuestión del idioma y la consecuente carga cultural que eso implica. Usted sabe a qué me refiero, los pisos con azulejos, el sol entre las ramas de las enredaderas, el sonido del agua en el surtidor, el aroma a azahar, las columnas mudéjares, las violetas, o por otras palabras, la sombra, el silencio y el embrujo de un patio andaluz a las dos de la tarde. Una necesita una estructura especialmente dotada para cargar con la imaginación de otra persona además de la nuestra, sobre todo si la otra es andaluza. Sí, que no quepan dudas, el ser andaluza altera considerablemente las proporciones de la cuestión a causa de la soleá, la luna mora, el mantón de Manila, el duende y el clavel. Por no hablar de los palos del flamenco. Como ve, no es un tema que deba ser tratado con liviandad, una pasa la vida fortaleciendo a sus columnas íntimas para sostener la propia herencia cultural y de pronto nos surge un otro yo, huido de un patio andaluz, y tenemos que hacer que quepan mezquitas, arrayanes, rosas de los vientos, barrios de la judería, tardes de toros, alcázares, caballos árabes y olivos en nuestra propia arquitectura interior, a mí me parece una ecuación con demasiadas variables, por no decir que estamos al borde del absurdo. Ya me dirá usted lo que piensa, por cierto ha estudiado esos casos.

–Bien, de acuerdo, digamos que la cuestión del idioma y su respectiva carga cultural sería manejable, si no fuera otro aspecto que a mí me parece que escapa a los cómputos de la matemática existencial: es que además de andaluza, mora, gitana, judía, displicente y de habla castellana, también es poeta. Sí, lo que le digo, de ésos que escriben versos. Ni más ni menos. Que lo lleva en la sangre, dice. Supongo que tiene que ver con los duendes que antes mencioné. Parece ser algo incontrolable, como una arritmia cerebral o algo semejante, se da a la métrica y la rima, y a sabiendas de que con eso una no conlleva la vida de todos los días, hay que pensar que las cosas verdaderamente importantes –al contrario de lo que pueda parecer a muchos y entre ellos a los poetas– están en lo cotidiano, los cuidados de la familia, la casa, el trabajo, los compromisos, la vida social por reducida que sea, la salud sobre todo, en fin, lo esencial está en todo el mecanismo organizado para sustentar la vida y –hay que decirlo– a la sociedad en la que estamos insertos y de la cual somos células. Ésa es la verdad y lo contrario es el caos, aunque ella diga que lo contrario es la poesía. A mí me parece discutible. Aun desde aquí, mirando desde esta perspectiva, es decir en esta posición en que le hablo, acostada en el diván, cuando los pensamientos parecen surgir de abajo para arriba y no de adentro para afuera, me sigue pareciendo discutible.

–Pues como le decía, suele poetizar. En las horas menos apropiadas, en los momentos más inesperados, cuando se hace necesaria la serenidad para la toma de decisiones, la firmeza para la conducción de los asuntos, la crudeza para hacer frente a los desafíos de la vida, ella poetiza. Delira en forma de versos, digo yo. Hay caballos galopando en las noches, misterios descifrados en penumbras, un minotauro en su laberinto, polvo de oro y arreboles, además de algunas cosas extrañas que, conforme juzgo haber entendido, tienen que ver con olvidos amarillos, desiertos en tinieblas, manantiales, mareas, golondrinas y, a veces –aunque más ocasionalmente– orquídeas y paradojas. Vea usted la situación. ¿Qué puede una hacer, impotente e ignorante, ante tan asombrosas fuerzas y tan contradictorias? Dice que son metáforas. Supongo que también esos detalles los conocerá usted de los compendios médicos, estoy informada de que la psiquiatría está muy avanzada en esos temas.

–¡Pero que no! ¿Cómo no va a ser de conocimiento público? Mantenerla al abrigo de los ojos ajenos, ocultarla a la curiosidad de extraños, enmascarar los síntomas y las evidencias, borrar vestigios, eludir ardides, eso es lo que querría yo, pero… ¿de qué manera? Usted dígame cómo, de qué modo, si se metió en Internet y de allí no hay quien la desconecte. Sí, por cierto, anda en la red como si estuviera en casa, armó el tablado y se instaló de alpargatas y rosa en los cabellos. ¡Pues, si le digo que está como en su patio! Frecuenta talleres literarios, salas de chat, páginas de poesía, sitios de cultura general, bibliotecas virtuales, observatorios de la ciber sociedad, foros, blogs, lo que venga. Dice que necesita navegar, que uno debe expresarse, compartir opiniones, intercambiar ideas. Sí, en ese aspecto no le va mal, se comunica, tiene compañeros de red e incluso amigos fiables, algunas esporádicas aventuras románticas, cada vez más esporádicas y cada vez menos románticas, por suerte o por desgracia, no lo sé, de esos mundos virtuales una no sabe nunca nada. No, eso no, afortunadamente no le dio por frecuentar sitios de sexo virtual ni de pornografía. Dice que es por ser poeta que no le da por esas cosas. Que necesita integración emocional, es lo que afirma. Supongo que trata de interiorizar la percepción del binomio espacio/tiempo reducido a las realidades cibernéticas. En cuanto a mí no tengo por hábito maquillar la nomenclatura: las cosas son lo que son, información, comunicación y tecnología, son los tres ejes fundamentales de la ciber cultura, aunque a ella lo que le atrae en el mundo virtual son las emociones: alegrías, esperanzas, desengaños, frustraciones, euforia, desaliento, intimidad, devaneos, fantasía. Supongo que siendo ella misma un otro yo, busca interactuar con el otro yo de los demás, con quien identificarse y en donde encontrar solidaridad. Dice que son las emociones que la tienen enganchada a la red. Vea usted qué lejos va una a buscar la gratificación para sus carencias.

–¿Que por qué no la desconecto? No puedo, le dan las tres cosas, a sabiendas: los suspiros, los gemidos y el llanto, en ese orden, aunque pensando bien, en las tardes de lluvia pueden darse en el orden inverso. Y además mira de soslayo a las paredes como si quisiera sorprenderlas. Dice que busca atisbar en la cal las grietas de las canciones. Al principio supuse que serían las grietas en la pared, pero no, las grietas son en las canciones. No me hago idea de lo que quiere decir con eso. No es todo lo que consigo entender, algunos de sus procesos mentales se me escapan. Pero lo que pude notar es que a causa de tales grietas a veces se echaba a dormir tardes enteras, como si no quisiera estar. O como si no quisiera ser, lo que no es lo mismo aunque bajo determinadas circunstancias se puedan confundir los dos estados. Ahora por hablar de eso, y mirando hacia atrás, me parece que fue así como empezó a irse. Con lo de las tardes durmientes. Se durmió tres semanas y luego declaró que se iba. Que echaba de menos a su patio andaluz, dijo. Que tenía que encontrar a la rosa de los vientos para buscar el rumbo del Sur. Que había un jardín en donde alguien la esperaba a la sombra de los arrayanes, y en cuanto a eso debo admitir que escuché como un murmullo de voces que la llamaban. Habló del olor a canela y a jazmín que volvían el aire más delgado y la vida más antigua pero no aclaró de dónde soplaba el aire. De manera que se fue, un poco como quien parte, un poco como quien olvida. La llamé: Marién. Pero ya se había ido.

–Sí, es como le digo, se fue. Así que ahora ya sabe usted mi historia, y además ya se debe haber agotado el tiempo de la consulta, ¿verdad? Estoy segura de que en los muchos estudios que usted ha hecho (sé que tiene una larga experiencia profesional, importantes trabajos publicados y participaciones de relieve en congresos médicos), por cierto debe de haber conocido casos semejantes, los ha estudiado y sabe el santo y la seña para solucionarlos.

–¿Cómo dice? ¿Que si Marién ya se fue el asunto está solucionado? ¡Ah, no! Me temo que no haya entendido, doctor, seguramente no me expliqué con claridad: vine a consultarlo porque quiero que vuelva.

FACUNDO RONCHES O EL AMOR SALVAJE

Foto de Beatriz Morán

–Siempre tuvo aptitud para la pasión, pero le faltaron oportunidades para ejercerla –dijo el Funcionario–. La vida lo llevó por otros caminos. Sin embargo la pasión lo acompañó siempre, aunque arrastrándose a la vera de las rutas, escondiéndose en los matojos para no ser vista y no molestar. No obstante estaba allí, esperando ser llamada, aguardando la ocasión para ser útil. Paradojalmente, era una pasión sensata.
–Hablás como un poeta –observó el Periodista, un poco como quien pregunta, un poco como quien constata.
El Funcionario no supo cómo debía interpretar esas palabras; en su rostro arrugado, al cual una nariz respingona daba un aire de niño viejo, se traslucía la búsqueda de un tono de reproche o ironía en la observación del Periodista.
–Confieso que a veces me permito alguna incursión en el territorio de los versos –respondió en tono defensivo-, pero puedo asegurarle que llevo a cabo mis tareas con el máximo rigor técnico.
Como el Periodista se mantuvo en silencio alisando la barba que le adornaba el mentón cuadrado y prominente, en actitud de espera, prosiguió:
–Tal vez por eso se dejó enredar en las mallas de la fantasía y creyó poder traspasar la frontera entre el mundo real y el mundo virtual.
El Periodista miró el reloj y constató que ya conversaban hacía media hora y todavía no tenía más elementos que los datos sobre la infancia de Facundo Ronches pasada en Villa Urquiza donde su padre tenía una peluquería, su juventud mal gastada en los bares de la Ribera del Riachuelo, Barracas, San Telmo y Boedo, su trabajo, primero como vendedor de libros en las ferias de Buenos Aires y después como delegado comercial de mercancías diversas en la provincia y, finalmente, el matrimonio desastroso y el trabajo como vendedor de fotocopiadoras en La Plata.
–Admito que no alcanzo a captar cómo fue que Facundo Ronches, de vendedor de fotocopiadoras mal casado pasó a profesor de escritura creativa y seductor virtual –observó el Periodista para acortar camino y llegar a los hechos que le interesaban directamente.
–Internet es un espacio que posibilita la auto creación –opinó el Funcionario, que había retomado el aire de eficiencia burocrática y consultaba varios folios repletos de apuntes, antes de continuar–: Datan de cuatro años atrás las primeras constancias de su presencia en las páginas de literatura de Internet frecuentando cursos de escritura creativa y exponiendo cuentos y relatos de su autoría; enseguida empiezan a surgir sus intervenciones corrigiendo los textos de sus compañeros y sus comentarios transmitiendo a los demás las nociones que aprendía en los talleres; al mismo tiempo, sus propios trabajos literarios iban ganando peso y valor; el reconocimiento de su talento y aptitudes se fue afirmando y se volvió bastante conocido y apreciado en varias páginas literarias como escritor y en diversos talleres de escritura creativa como maestro.
Al escuchar la descripción de las actividades de Facundo Ronches en el ciber espacio el Periodista atisbó una aproximación al episodio de las novias virtuales y sacó del bolsillo su libreta, preparándose para apuntar algún dato que le fuese útil para el artículo. Sin embargo el Funcionario se demoraba en describir con detalles la “pesadilla sin anatomía” que era como adjetivaba el matrimonio de Facundo Ronches. Finalmente estableció una obscura aunque no absurda ligazón entre los hechos, trazó un paralelo entre la frustración, la fantasía y la imprudencia, y encauzó la narrativa para aquello que llamó “el trayecto de los amores irresponsables” de aquel a quien ahora los periódicos apodaban “El Salvaje”.
Inclinó sobre sus papeles la cabeza calva y aclaró la voz antes de proseguir:
–Según consta en diversas páginas de Internet, Facundo Ronches amaba a cada mujer como si fuese la única. Todas tenían en común el interés por la literatura, participaban en foros de debate donde lo conocían y aprendían a admirar su talento como escritor y como maestro de técnicas de narrativa. Después la relación de camaradería en los paneles de mensajes evolucionaba en una relación amorosa primorosamente cultivada a través de correos privados y encuentros en el Messenger. El Funcionario levantó la cabeza, fijó sus pequeños ojos azules en la mirada neutra de su interlocutor y declaró en tono convencido:
–Facundo Ronches había descubierto lo que él mismo designaba como “el amor salvaje”.
–De ahí el apodo… –concluyó el Periodista garabateando un breve apunte en su libreta.
El Funcionario no se dejó interrumpir:
–En general sus conquistas eran señoras de mediana edad, a excepción de la joven valenciana, y él parecía tener un don especial para hacerlas felices: en los encantos del amor galante se sentían jóvenes y capaces de emociones tal vez olvidadas bajo el peso de los años; a las gordas les hacía sentirse lozanas y sensuales; las escuálidas se sentían esbeltas y elegantes; las tímidas se volvían osadas; las indecisas se asumían atrevidas; las púdicas pasaban a ser liberales; las medianamente inteligentes se volvían brillantes; en las menos dotadas él descubría un encanto especial del que ellas todavía no habían tomado conciencia; de una manera general todas se sentían hermosas, deseables y amadas. Cada una creía ser el primero, el último, el único amor de Facundo Ronches. “Esperé cincuenta años para descubrir el amor contigo”, escribía a cada una de ellas simultáneamente y con una convicción que no dejaba margen para dudas.
–En otras palabras, Facundo actuaba como un sustituto hormonal –comentó el Periodista mientras miraba el reloj constatando que eran las seis de la tarde. El material tenía que estar en la rotativa a la medianoche. Al día siguiente la noticia de la extradición de El Salvaje para España aparecería en todos los periódicos y el jefe le había encargado un artículo que no se limitase a los procedimientos jurídicos y diplomáticos. Tuvo que sobrepasar los escollos de la burocracia y recorrer de arriba a abajo los escalones diplomáticos y forenses para llegar hasta el obscuro funcionario que por lo visto sabía todo sobre la historia de Facundo Ronches y sus amores malsufridos.
El Periodista llamó al mozo con un chasquido de sus dedos, desde el rincón más apartado del café en el que se hallaban, para pedir otras dos cervezas.
Mientras tanto el Funcionario se sacó las gafas, las limpió cuidadosamente con el pañuelo, para luego continuar su relato:
–A esas alturas lo despiden del trabajo, lo que debe de haber precipitado sus planes de librarse de su matrimonio fallido y empezar una vida nueva, en España, donde realizaría dos de sus sueños: tener un hijo y establecerse en la vida real como profesor de narrativa. Con esos objetivos planeó su unión con la joven novia que vivía en Valencia y la creación de un taller presencial de escritura creativa en esa ciudad. Como ahora se constata Facundo Ronches no tenía conocimiento de la realidad del mercado español ni conciencia de las trampas que a veces el destino nos prepara.
En ese momento el Periodista se dio cuenta de que después de recorrer los laberintos de la vida del investigado el Funcionario había entrado en la médula de la trama. Consultó rápidamente su libreta de apuntes.
–¿Ésa fue la primera o la última? –inquirió entre dos sorbos de su cerveza helada, limpiándose enseguida el bigote con un gesto de los dedos pulgar e índice.
–La primera a quien encontró al llegar a España –respondió el Funcionario que no había entendido la pregunta y, además, estaba interesado en seguir el orden cronológico de los acontecimientos y aún estaba lejos del desenlace –. Sin embargo hay un detalle que no puede ser dejado de lado, pues se refiere al proceso por daños y perjuicios que hicieron a Facundo Ronches en Argentina, el cual condujo a su localización en España y a las investigaciones subsiguientes, lo que culminó en el proceso de extradición.
–Siga, siga –invitó el Periodista buscando una posición más cómoda mientras con los dedos echaba atrás la melena gris y revuelta. Pensó que al fin y al cabo era una ventaja que no le hubiesen permitido grabar la entrevista, de lo contrario tardaría horas en quitarle tanta hojarasca al relato. Además, eso no le había causado ninguna preocupación, contaba con su memoria entrenada y su experiencia de veterano para extraer el jugo de las informaciones, eliminando los detalles superfluos.
–Facundo Ronches tuvo que enfrentar el hecho de que no tenía medios económicos para viajar a España. No obstante, por aquella época había conocido a una señora casada, también residente en La Plata, con quien rápidamente estableció una relación amorosa por lo visto fulminante, y propuso a la dama que dejase al marido y se fuesen los dos a vivir en España, lo que ella aceptó. Quedaron en que él iría antes, para establecerse con su taller presencial de narrativa y buscar alojamiento para ambos, y luego viajaría ella, por lo que la referida señora le compró el pasaje de avión para España, le adelantó el dinero para los primeros gastos y se quedó esperando, en ascuas, que Facundo le avisase de que podría ir a su encuentro antes que el marido descubriese que ella había usado su tarjeta de crédito para costear esos gastos.
El Periodista sonrió, divertido, echando hacia atrás su tronco corpulento y empezando a pensar que al final no había sido descabellada aquella búsqueda minuciosa de los antecedentes que el Funcionario había llevado a cabo seguramente compelido por su vena poética y el interés en los aspectos románticos del caso. La historia de El Salvaje, bien trabajada, resultaría un artículo digno de la primera página.
-Supongo que nunca más tuvo noticias de él…
–Nunca. De ahí el proceso por daños y perjuicios.
Enseguida el Funcionario separó sus papeles en dos rimeros, uno de los cuales dejó posado a un lado de la mesa y, frotando las manos una en la otra como si se preparase para comenzar una nueva tarea, declaró que empezaba ahí la secuencia de los cataclismos amorosos de Facundo Ronches en España.
–¿Por cuál empezamos? –inquirió el Periodista que ya había decidido comer algo y estiraba el cuello buscando al mozo desde detrás de la columna que los ocultaba–. Me acompaña con un sándwich? Por lo visto hoy no habrá tiempo para cenar.
–Sí, para mí un lomito en pan árabe, pero pago mi parte, gracias –aceptó el Funcionario cortésmente–. Empecemos por la muchacha de Valencia con quien Facundo pensaba irse a vivir cuando llegó a España. Un percance le impidió de quedarse con la joven, que era separada y con un hijo; eso se debió a que el marido, al tener conocimiento de que ella se proponía recibir en su casa a un novio virtual, amenazó con suspenderle el pago de la cuota alimentaria, por lo que la joven, conociendo las dificultades de los inmigrantes suramericanos para conseguir trabajo en España, y ante la certeza de tener que buscarse un empleo para su propia subsistencia, la del niño y la de Facundo Ronches, le comunicó que quedaba sin efecto la programada unión, al mismo tiempo que daba por cerrado el romance antes que llegase al rellano de la cruda realidad cotidiana.
–¿Y entonces él…? –inquirió el Periodista con las cejas arqueadas y la frente fruncida evidenciando su interés y concentración en el tema.
–Él tomó un tren para Albacete donde tenía otra novia –informó el Funcionario prontamente–. Debido a ese desaire amoroso que le cambió los planes y gracias a la inmediatez de las comunicaciones por Internet, Facundo Ronches reavivó inmediatamente la pasión salvaje que mantenía con una señora residente en Albacete.
–Ésa fue la segunda que él... –intervino el Periodista interrumpiéndose al ver que el mozo finalmente se acercaba a la mesa para tomar el pedido.
–Precisamente, el segundo vértice del triángulo –asintió El Funcionario cuando volvieron a estar solos–. Le aclaro ese episodio que es bastante complejo: al fin y al cabo, Facundo Ronches, amante virtual ahora traspuesto a la plataforma de la realidad, llegó a Albacete donde encontró a su novia, una señora de mediana edad, libre, independiente, con una situación estable, y ahí inauguró una nueva vida en plena prosperidad romántica y erótica. Todos sus problemas parecían estar solucionados, a excepción del taller presencial de técnica narrativa que realizaría su sueño de ser profesor en la vida real. No logró ese objetivo, pero no se dejó desmotivar por el percance. El entendimiento entre ambos era tan perfecto que decidieron crear un foro literario en Internet, administrado por ambos. Fue entonces cuando Facundo Ronches cometió un error.
–¿Sólo entonces? –preguntó el Periodista en tono de ironía, a lo que el Funcionario no respondió, limitándose a sonreír discretamente, conciente de que la ética no le permitía emitir juicio sino que debería circunscribirse a lo acreditado por la prueba documental.
–El error de Facundo Ronches fue haber titulado el nuevo foro con el nombre de “El amor salvaje” –aclaró el Funcionario–, porque por las facilidades que ofrecen las herramientas de búsqueda, las señoras con las que él se había relacionado, y que se consideraban únicas destinatarias de su amor salvaje, localizaron la página e identificaron a su creador por esa expresión casi cabalística en el lenguaje de sus afectos, ahora promovida a título de foro literario.
–¿Ellas participaban en el foro? –preguntó el Periodista interrumpiendo el gesto de morder el sándwich que aseguraba con ambas manos para que no se le escaparan el jamón, el queso, el huevo duro, el tomate y la lechuga.
–Sí –confirmó el Funcionario–. Reconocieron la clave con la que él abría las puertas de los corazones solitarios y empezaron a colgar sus poemas, relatos, cuentos, crónicas y comentarios, que hablaban de sus relaciones apasionadas con Facundo Ronches, con la particularidad de que todas contaban lo mismo, aunque en distintos géneros literarios y diferentes estilos, puesto que él usaba las mismas fórmulas en todos sus asuntos amorosos.
En este punto el Funcionario tomó una de sus notas y pasó a leer la lista de los textos que habían circulado por los buzones de correo de tantas mujeres: la declaración inicial “quiero amarte salvajemente” que cada una había recibido como un toque de magia que le modificó la existencia; el fragmento “Toco tu boca”, de la obra Rayuela, de Cortázar, en grabación de audio recitado en la voz del propio Facundo, con entonaciones que darían envidia al mismo Julio Sosa; la célebre fotografía “El beso”, sacada por Robert Doisneau en la plaza del Hotel de Ville, en Paris, en 1950, en la cual Facundo Ronches escribía de puño y letra “Quiero besarte en una calle de Paris” y escaneaba para enviar; las cartas en que el mismo texto se repetía con pequeñas variaciones adaptadas a cada caso concreto y que terminaba siempre con la frase “Besos desesperados por más besos”; el poema de Gonzalo Rojas “¿Qué se ama cuando se ama?”, recitado por Facundo y grabado en vídeo; los versos, de su autoría, escritos a la mujer amada, es decir, a cada una y a todas ellas.
El Periodista garabateaba apuntes en su libreta.
–En fin… –aquí el Funcionario hizo una pausa y su rostro asumió lo que podría ser interpretado como una expresión de pesar– en aquellos escritos estaba Facundo Ronches entero, con la brillantez de su expresión escrita y la magia de sus sueños, con su vocación simultanea para el amor y la literatura, su dominio del arte del galanteo, su poder de seducción, su entrega apasionada, su lirismo urbano, su alegría sencilla, su capacidad para enamorarse y para celebrar el amor. En suma, el pleno ejercicio de la aptitud para la pasión que ya mencioné.
En este punto el Periodista creyó constatar que el Funcionario nutria una secreta admiración por El Salvaje y concluyó que, al fin y al cabo, su pendón poético le resultaba ventajoso: nunca conseguiría tantos detalles de un burócrata común.
–¿Y qué sucedió? –preguntó el Periodista empezando a enhebrar los acontecimientos pero sin todavía alcanzar a ligarlos con el desenlace que ya conocía pero no lograba comprender.
–Sucedió que la novia de Albacete, al enterarse de las infidelidades cibernéticas de Facundo Ronches, decidió poner punto final a la relación en ambos planos, el real y el virtual: lo puso fuera de casa, el grupo literario fue cerrado y Facundo Ronches desapareció de Internet.
El Periodista se detuvo con el vaso de cerveza en el aire:
–Pero falta la de Benidorm…
–Realmente, una de las involucradas en el ciber escándalo del foro virtual, en el que se encontraron las novias y quedó al descubierto el esquema del amor salvaje, decidió perdonarle y lo acogió en su corazón y en su casa. Ésa es la de Benidorm.
–Se podía suponer que serían felices para siempre –observó el Periodista mirando su libreta de apuntes para verificar la secuencia de las ciudades y correspondientes novias. Comprobó que la narración del Funcionario, a pesar de los arrebatos líricos con que la adornaba, seguía la línea geográfica de los acontecimientos contenidos en el triángulo formado por las ciudades de Valencia, Albacete y Benidorm.
–Sí, de veras, parecía que había terminado la desventurada peregrinación de Facundo Ronches por la realidad del lecho de sus amantes virtuales. Sucede que fue entonces cuando, en la secuencia de haber sido citado por comisión rogatoria en el ya mencionado proceso por daños y perjuicios interpuesto en Argentina, fue localizado por la policía española, por lo que la compañera del momento, la de Benidorm, al enterarse del fraude cometido contra la ex novia de Buenos Aires también lo abandonó.
–Sin embargo, la de Argentina le dio el dinero porque quiso… -consideró el Periodista admirado de que por ese motivo le iniciara un juicio.
–No hay nada tan vengativo como una mujer engañada –sentenció el Funcionario que seguía comiendo tranquilo, mientras el Periodista miraba el reloj una vez más y calculaba el tiempo que tendría para redactar su artículo.
–Así que Facundo Ronches se vio una vez más sin novia –insinuó intentando apurar el desenlace, pero el Funcionario estaba demasiado ocupado en masticar a la vez que consultaba sus apuntes y tardó un rato en responderle.
Por fin terminó su lomito, vació de un sorbo el vaso de cerveza, se limpió cuidadosamente la boca en la servilleta, respiró hondo y enumeró, enfatizando el conteo con los dedos:
–Sin novia, sin casa, sin trabajo, sin visa de permanencia en el país, sin dinero y sin ilusiones.
–Estaría desesperado, no? Fue entonces que…
–Sí, seguramente lo estaba, pero aún hizo una tentativa para recomponerse de los sucesivos desastres: antes de embarcar como pasajero clandestino en el barco de carga que lo trajo de vuelta a Argentina, volvió a Valencia donde fue visto vendiendo navajas en el puerto. Hay una declaración testimonial que lo refiere preguntando a las turistas que se le acercaban: ¿y vos, con esos ojos, pa qué querés un puñal?
Al relatar ese episodio el Funcionario meneó la cabeza, aparentemente apenado, mientras guardaba sus papeles en una vieja carpeta de cuero:
–Lamentablemente a estas alturas ya habría perdido la razón –empezó a decir, pero al pronunciar esas palabras se interrumpió bruscamente, advirtiendo que había dejado transparentar lo que era una interpretación suya y no un dato concreto del proceso. Intentó componer el desliz–: Es decir, nada indica que hubiese perdido la razón, no debería haber expuesto esa opinión que es enteramente subjetiva y de la que no hay constancia.
El Periodista lo tranquilizó dando una leve palmada en su brazo mientras le dirigía una mirada cómplice:
–Usted tiene derecho a su opinión, no voy a divulgarla, además sabe perfectamente que ni siquiera su nombre será mencionado, fue lo que se acordó. Mi artículo será simplemente “información obtenida de fuente fidedigna” que es lo que decimos cuando no podemos divulgar cómo o de quién obtuvimos los datos.
–Ya que pone las cosas de esa manera puedo decirle que tengo una teoría que tal vez le sea de utilidad, aunque enteramente subjetiva.
–Adelante! –invitó el Periodista.
–Facundo Ronches hizo felices a sus mujeres hasta el final. Se reconcilió con cada una de ellas y las tres le perdonaron, le aceptaron de vuelta, le abrieron los brazos, –en ese momento la voz del Funcionario se volvió contundente-, literalmente le abrieron los brazos, cuando él, al final, las visitó, una tras la otra, respectivamente en Benidorm, Albacete y Valencia, haciendo el recorrido inverso al que había hecho al conocerlas.
–¿Por qué piensa que eso sucedió? –indagó el Periodista presintiendo que finalmente iba a entender lo que para él permanecía inexplicable en la magnitud del desenlace.
–Porque en ninguno de los casos hubo vestigios de lucha y evidentemente cada una de ellas estaba en sus brazos cuando las mató, de otra forma no podría haberles seccionado la carótida con los dientes.

TIPOLOGÍA DE UN GÉNERO HÍBRIDO CON CONTORNOS DIFUSOS (INÉDITO)

Ilustración por Carlos Raúl Lemiña Cortés



Contemplaba su entierro con el pesar de quien se hubiese muerto sin querer.
No obstante, la muerte había sido una elección consciente.
Eso fue lo que me contó con los ojos empañados por las lágrimas, lo que hizo que esta vez le creyera inmediatamente. A los grandes novelistas hay que darles siempre el beneficio de la mentira.
Por resumir la historia relató que en un día de hastío, delante de la pantalla, decidió protagonizar a uno de sus personajes. No uno cualquiera sino su favorito, aquel que no tenía antagonista, por lo que consideraba esa novela un primor del realismo posmoderno. Es decir, no tenía un personaje físico como antagonista, el conflicto era garantizado por el arduo empeño del personaje principal en su ideal de libertad, igualdad y fraternidad, por decirlo de algún modo, puesto que consideró innecesario innovar en una fórmula consagrada.
Fue así como se presentó, paladín de los desahuciados, defensor de los obreros oprimidos, de los campesinos expoliados, de aquellos que padecían el hambre y carecían de justicia, todo expuesto con la exuberancia de su inventiva y la brillantez de su expresión en prosa narrativa y en poesía, sobre todo en poesía. Porque entonces se enteró de que además de su talento para la escritura creativa se expresaba con fulgor en pulcros versos, lo que despertaba una mezcla de adoración y envidia en los demás poetas y pseudo poetas que se reunían a su alrededor, suspirando unos y otros por la gracia de un comentario suyo, una palabra al menos, aunque se limitase a la dádiva de un insulto. Todo era mejor que soportar la hiel de su indiferencia porque a su alrededor giraban los planetas. Héroe de todas las batallas, hizo brotar la ferviente admiración de los varones y la pasión desvariada de las hembras. A todos y todas retribuía con igual generosidad poética y literaria.
Yo le escuchaba con interés y sin demasiada sorpresa porque conocía su talento y lo sabia capaz de tales hechos incluso en la vida real, más aún en el borrascoso ambiente de las virtualidades. Estaba a punto de aplaudir la originalidad de su presencia en el escenario virtual cuando me confesó que pese al éxito en el desempeño del personaje que él mismo había creado, hubo un momento en que la novela terminaba y no tenía cómo mantenerlo vivo después de la irremediable vuelta de la última página del libro. Por eso decidió morir.
Como el autor experimentado que era en esgrimir la pluma para dar vida, se esmeró en los entresijos de su muerte, de manera que se murió en gloria y pena. Gloria para él, pena para los demás que verdaderamente le estimaban, sobre todo para los que le habían elegido como blanco de las desenfrenadas devociones que suelen poblar las soledades virtuales. Dejó viuda, sin su ingenio y arte, a la larga multitud de sus afectos.
Fueron meses de duelo y condolencias, durante los cuales asistió con el alma plagada de compasión al sufrimiento que su ausencia causó en los seres que le eran queridos, compañeros, amigos y amantes. Con agradable sorpresa vio que desenterraban de los baúles de la memoria y del disco duro, relatos, cuentos, novelas y poemas que nunca había escrito, por dar continuidad a su existencia virtual y consolarse del abismo de la pérdida.
Había tenido el cuidado de dejar presente una heredera, personaje secundario de opacos contornos a él unida por lazos familiares confusos, destinada a preservar la herencia cultural y la influencia en los destinos de la trama a la cual ya no pertenecía.
Sin embargo, conforme explicó, la frágil tela del enredo sin el soporte de su presencia tendía a transformar una novela de personaje en una novela de episodio –o de espacios, aclaró citando Wolfgang Kaiser– debido a la dificultad de encaje en un género híbrido con contornos difusos, agravada por la ausencia del estrato fundamental que su protagonista representaba.
Poco a poco la satisfacción de saberse indispensable a la correcta perspectiva del cristal semiótico se fue transformando en pena de sí mismo, al leerse y sentirse tan amado y tan muerto, hasta que no pudo soportar el sentimiento punzante de que se echaba de menos de manera atroz.
Resucitó.
En ese punto del relato debo haber fruncido el ceño y arqueado las cejas mostrando mi resistencia a aceptar como verosímil la secuencia de los acontecimientos, porque se apresuró a explicarme –mientras encendía nerviosamente un cigarro en la colilla del que acababa de fumar– que no resucitó con el mismo personaje, sino con un personaje secundario. De la misma novela, me aclaró enseguida.
De manera que el nuevo protagonista fue presentado de modo que encajase perfectamente en el sustrato de la trama: era un amigo, casi un hermano, extraído de las páginas de donde había surgido el primitivo héroe, ahora muerto a los efectos de las realidades que había creado, pero vivo en la memoria de los que lo amaban y en las lucubraciones del narrador-protagonista, en el presente miserablemente reducido a tercera persona del singular. Antes así que muerto, concluyó.
La subtrama de transformación del personaje secundario le sumergió en un feroz desasosiego. Pálida imagen del protagonista principal, papel de calco del talante que ya no podía exhibir, faltaba genio al héroe privado de los referentes culturales de su arquetipo.
Casi no duermo de pensarlo, confesó. Ya me había percatado, por el temblor de sus dedos amarillentos por la nicotina, la inquietud de sus gestos, y una mueca que no le conocía, que a ratos le encogía la boca para el lado izquierdo en tirones sucesivos. Quise saber porqué no transformaba al personaje en alguien con quien se identificase plenamente. Respondió que no era posible: los seres que creamos tienen vida propia, aclaró.
Para más, los admiradores que habían mantenido viva la llama de la participación del muerto -en cuanto vivo- bajo la incandescente luz de los reflectores, tampoco se identificaron con el nuevo protagonista, hubo un quiebre del pacto de credibilidad entre autor y lector, de manera que poco a poco se alejaron, desaparecieron en la bruma virtual, dejando el intérprete a merced de transeúntes cuya permanencia de corta duración no bastaba para garantizar la curva ascendente del arco de transformación del personaje.
En suma: era infeliz. Sin capacidad de reafirmar o desestimar el espectro de su creación que tanteaba a ciegas entre lo irrelevante y lo esencial, en el presente se encontraba en un callejón sin salida.
Ése fue el breve relato que me hizo de lo que evidentemente era una larga historia. No disponía de tiempo para proseguir la conversación de manera que pagué la cuenta y salimos, no sin que hubiera notado que por primera vez no hizo mención de pagar o dividir el importe, tan sumergido se encontraba en el dilema que le consumía la existencia.
En la puerta nos despedimos. Bajó el ala del sombrero sobre la frente y levantó el cuello del sobretodo negro, a la vez que miraba furtivamente a ambos lados de la calle. Le vi alejarse en actitud solapada, caminando pegado a la pared, las manos en los bolsillos, los hombros encorvados, la cabeza inclinada, el mentón casi metido en el pecho, como si buscara pasar inadvertido entre la gente, anticipadamente juzgado por sí mismo y declarado culpable ante el juez de su consciencia.
En aquel momento tuve el vislumbre, casi certeza, de que otra vez había decidido asesinar al personaje.

Febrero 2009

SUR

Foto de Beatriz Morán


El mundo era una ventana a la cual no se asomaba. Lo miraba de soslayo. Y esperaba.
No es que Leticia estuviera mal, a pesar de la sensación de que su existencia era demasiado estrecha y su dimensión personal le excedía a lo ancho y a lo largo. Se desbordaba. Estaría mejor un plano más amplio y desde donde pudiese mirar a la vida frente a frente, ojos en los ojos.
Sin embargo, en general se sentía bien, le gustaba su apartamento aunque sólo tuviese un cuarto, fuese un interior con vista a una pared, en una calle humilde igual a cualquier otra sin siquiera un muro con una enredadera que la distinguiese de las demás, aunque el alquiler le llevase casi mitad del sueldo. Estaba bien entre sus modestas cosas. Pero de repente le faltaba el azul.
El trabajo en una oficina de abogados tampoco era malo; un cotidiano hecho de papeles y más papeles, con tantas interrupciones para ir a hacer recados al tribunal que recorrer las calle acababa por encuadrarse en la planicie de las rutinas como un camino sin curvas. El sueldo era poco para los gastos de la vida, pero ella tenía hábitos modestos, por eso conseguía equilibrarse en el trapecio de su presupuesto. Pero de repente le faltaba abril.
Tenía amigos a quienes encontraba en el café para conversar e intercambiar revistas que hablaban de la vida de los guapos, ricos y famosos; un ordenador de segunda mano donde navegaba a la deriva; el ámbito ameno de Cantabria, el mar revuelto, las altas montañas, los robledales. Poseía CD’s de Sabina y Serrat, chocolates siempre y vino algunas veces, amantes ocasionales e –imaginaba– duendes debajo de la cama. Pero de repente le faltaba el sur.
Entonces él llegó a su vida, venido del sur del mundo, y se instaló en la pantalla de su ordenador y en la mal acomodada dimensión de su existencia, trayendo una llovizna ecuatorial, la espesura de la selva, la soledad de los páramos, el misterio de las ciénagas, el fulgor de las noches estrelladas, el escándalo de su sol de mediodía, su aura legendaria de caribeño de novela latinoamericana. Era capataz en una hacienda de café, le dijo. Y ella lo imaginaba bajo un sol abrasador, recorriendo a caballo las plantaciones, con un sombrero Panamá, el tronco desnudo y el sudor resbalando por su torso bronceado. También había esmeraldas. No las que yacen en el subsuelo de Colombia sino las otras, las de sus ojos verdes con una mirada que cortaba como cuchillo y causaba dolor. Entonces ella empezó a desear con más fuerza aquello que no poseía, más sur, más azul, más abril, y además de eso, más mar del Caribe, más salsa curramba, más rodajas de banana frita en el desayuno y más amor.
Fue una de esas pasiones que avasallan y revolucionó todas las cosas: hacía desaparecer de sus manos los papeles más importantes, cambiaba el rumbo de las calles que ella debía recorrer, mostraba en los rincones más improbables los recuerdos desde hacía mucho olvidados, y más de una vez hizo que llegase tarde al trabajo, olvidase las llaves en casa y se equivocase con el nombre de las personas. Notaba que ahora había un movimiento de danza en sus caderas que se chocaban con las paredes de su angosta existencia. Los duendes que ella imaginaba viviendo debajo de la cama pasaron a andar libremente por la casa y tenían escamas en los ojos, el corazón por fuera del pecho y ensuciaban todo con su inquietud elemental.
Desde otro océano, traídas por olas de bites febriles, llegaban hasta Leticia los mensajes de Gonzalo hechos a medida del remolino de sus carencias y de sus anhelos extraviados. Tardó exactamente seis meses el que llegasen a la conclusión de que no soportaban más medir las ausencias en metros cúbicos de agua salada y decidieron que uno de ellos tendría que estrechar las latitudes. Cuando ella empezó a pensar en partir y su corazón ya había preparado las valijas él le dijo: dejaré todo por ti. Entonces decidieron que él se vendría a España.
No era fácil obtener el visto de salida de Colombia; el patrón de Gonzalo le exigía una indemnización por dejar el trabajo antes de concluido el contrato; ambos sabían que al llegar a España él tendría que contentarse con un trabajo debajo de sus cualificaciones, como suele suceder a los inmigrantes. Aun así, él vendría. Dejaría todo por ella.
Leticia sabía que les sería difícil sostenerse en el columpio de sus dificultades financieras, pero echaba cálculos optimistas que incluían cancelar el contrato con la televisión por cable, llevar sándwiches para comer en la hora del almuerzo, dejar de encontrar a los amigos en el café y de comprar las revistas de cotilleos sociales, desistir de los chocolates de siempre y del vino eventual. No tenía nada más de que pudiese prescindir. Pensó que era un pequeño sacrificio comparado a lo que él se disponía a hacer: abandonar por ella su patria, su trabajo, su familia, sus amigos, el nivel de vida al que estaba habituado, a cambio de un futuro incierto en un país donde los trabajos más humildes estaban reservados para los inmigrantes latinoamericanos. Él había dicho: “Dejaré todo por ti”, y ella decidió que él no se arrepentiría. Esperó su llegada entregada a romanticismos recién lavados pensando que le ayudaría a conseguir trabajo y compartiría con él la casa y el plato de lentejas. A esas alturas, en su corazón impaciente eso se asemejaba mucho a la felicidad.
Tres meses después Gonzalo le avisaba que había llegado a Madrid y estaba empezando a tramitar los papeles para obtener autorización de permanencia y el permiso de trabajo y residencia en España, antes de ir a su encuentro en Santander. Ella lo llamaba por teléfono todos los días para darle ánimo y sostener en ambos la esperanza.
Cuando –pasado un mes desde su llegada a Madrid– Gonzalo le dijo que no conseguía regularizar sus documentos y temía que la única solución fuese volver a Colombia, ella se tomó unos días de permiso en el trabajo, juntó todo el dinero que su familia le pudo prestar y viajó para Madrid dispuesta a ayudar a Gonzalo a vencer las barreras burocráticas y regresar con él a Santander, porque cualquier otra solución sería equivalente a echar la mitad de sí misma por la ventana, puesto que él era su otro lado, la parte de ella que no cabía en su vida estrecha antes que él hubiera llegado para derrumbar las paredes, él era el azul, el sur y el abril que de repente ella ya no echaba de menos.
Consiguió la dirección donde estaba hospedado a través del número de teléfono y decidió darle una sorpresa. Encontró el hostal en una bocacalle de la Gran Vía y preguntó por Gonzalo a una portera metida en su cubículo a la entrada, que le indicó con el dedo el piso de arriba: “Puerta número cinco”, le dijo, y Leticia subió.
Le abrió la puerta una joven de piel morena y aire caribeño que le dijo que Gonzalo no estaba, que había salido.
–Soy su mujer –informó con un aire de indiscreto regocijo.
Leticia tuvo la esperanza de que no estuvieran halando de la misma persona, pero eran los mismos el nombre, el apellido y la nacionalidad; no la profesión.
–Mi marido es músico –dijo la joven aún arrimada a la puerta sin invitarla a entrar.
–¿No es capataz en una hacienda de café en Colombia? – Insistió, aunque la esperanza lentamente se deslizase hacia afuera de su corazón.
–Es músico, repitió.
– No debe ser la misma persona a quien busco –sugirió Leticia para ganar tiempo–. ¿Acaso no tiene una foto?
Sí, tenía. Era él. Con su mirada de esmeralda que cortaba como cuchillo y causaba dolor. Miró largamente la fotografía, disfrazó el desatino de sus sentidos y dijo que era un equívoco, aquélla no era la persona a quien buscaba. Consiguió sonreír y enunciar un comentario amable sobre los inmigrantes latinoamericanos.
–Es difícil empezar la vida en un país extranjero –se desahogó la muchacha, pareciendo seducida por la posibilidad de conversar sobre sus dificultades.
Leticia estuvo de acuerdo en que la vida de los inmigrantes suele ser penosa.
–No será peor que en Bogotá –explicó la joven, visiblemente interesada en la conversación–, allá no teníamos trabajo, ni una casa decente para vivir, ni nada con que hacer un futuro. Decidimos empezar una vida nueva –añadió sin dejar apagarse la sonrisa ingenua y gentil.
Leticia recordó las palabras de Gonzalo: “Dejaré todo por ti.” De pronto supo que no quería saber más. Se sentía un poco tonta y terriblemente cansada. Se despidió de la joven deseándole buena suerte y dejó el hostal.
En la puerta de la calle paró, con piedras en la garganta, los ojos amenazados por un diluvio, sin saber dar un nombre a lo que sentía en aquellos momentos porque su corazón estaba demasiado pequeño y estrujado para poder expresarse. Y entonces sintió sed de azul, ganas de sur, nostalgia del mes de abril. Miró a su alrededor y se sintió ella misma como una extranjera en un mundo poblado de destinos ajenos.
Al principio su caminar era vacilante, pero al llegar a la esquina de la Gran Vía respiró hondo, giró a la derecha hacia la Plaza de España y apresuró el paso. Tenía que coger el tren de regreso a Santander, volver a su vida estrecha, trabajar para pagar el préstamo que pidiera en el banco con unos intereses astronómicos para enviar a Gonzalo el dinero para indemnizar al patrón, conseguir el visto de salida, el pasaje aéreo, los gastos con el viaje.