lunes, 14 de julio de 2008

INTIMIDAD

Foto de Beatriz Morán



–¿Qué significa incubus?
–Es lo contrario de succubus. Ambos son figuras mitológicas, representan los demonios de la carne.
Ese diálogo vino a la memoria de Pilar mientras bajaba el Paseo de la Castellana, pensando en el inicio de su relación con Javier, de quien ella se había enamorado escandalosamente y por quien había emergido de una vejez amenazada por las goteras del uso y por la impiedad del tiempo.
Se habían encontrado en una de esas salas de chat de Internet, y cuando él mencionó la palabra incubus ella le preguntó su significado, menos por curiosidad que para mostrar interés en lo que él le decía y de esa manera lisonjearlo con su atención. Él le habló de los demonios creados por nuestra lujuria, que asumen formas masculinas y femeninas a la hora de practicar la cópula sexual con los humanos, y aprovechó la oportunidad para entrelazar, en un discurso fluido, el sortilegio de las leyendas y el misterio de los mitos con los aspectos mágicos del sexo y cómo lo entendían en ciertas culturas.
Luego de conocerlo ella se quedó fascinada con su cultura general y su sofisticado sentido de humor. Javier le dijo que era vendedor de enciclopedias y aprovechaba el tiempo pasado en la sala de espera de los clientes para sumergirse en al mundo de los vocablos. El escenario de las disfrazadas carencias de Pilar estaba listo para recibir a ese personaje que su imaginación contenida de madre de familia y su condición de viuda conformada con el mal trazado destino que le había llevado un buen marido, se apresuraron en iluminar con los reflectores de la fantasía. Se enamoró de Javier con un alborozo desmesurado y resurgió de las cenizas de una mal administrada frustración sexual y emocional para el resplandor de una sensualidad rescatada a las escarchas del pasado y asumida con un ímpetu que hasta entonces ni siquiera ella misma había sospechado que su cuerpo albergase.
Al llegar a casa subió al primer piso para ponerse una ropa más cómoda, pero que fuese lo suficientemente elegante como para ser vista en la cámara del ordenador. Esa tarde, como siempre, a las cuatro horas en el horario europeo (las doce de mediodía en Uruguay), ella y Javier se conectarían a través del Messenger y, si se lo pidiera, ella abriría la cámara para que él pudiese verla. Javier le había dicho que a esa hora estaba solo en la oficina pues sus colegas salían a almorzar. Así podían gozar sus momentos de intimidad, mezcla de consuelo y catarsis, que se habían vuelto para Pilar los momentos más importantes del día.
Delante el espejo, se vistió con cuidado para el encuentro virtual con Javier, buscando dar menos atención a la falta de brillo en su cutis y a la flacidez de sus muslos que al recuerdo de las palabras de Javier, que le garantizaba que las marcas del tiempo en su rostro y en su cuerpo eran los adornos de la madurez.
Cuando en esa tarde tuvieron por primera vez una sesión de sexo virtual, ella se dejó acariciar por las palabras con que Javier la estrechaba entre sus brazos, endulzaba y lastimaba su boca con besos ávidos y alegres, y recorría su piel con dedos sabios. Al principio ella se sintió tímida y desordenada por la fragilidad de verse expuesta y por el temor al ridículo, pero Javier supo convencerla de que en un amor adulto y transparente como era el suyo no había lugar para pudores. También a ella le pareció lógico que deberían amarse de la única forma en que el amor les era posible.

Después de esa primera experiencia de sexo virtual Pilar empezó a ir a las tiendas de lencería a comprar prendas delicadas y sensuales, con vanidades de adolescente rescatada a la orfandad de la vejez; se sentía más joven, más hermosa y más mujer, y pasó a compartir con Javier la exuberancia de detalles de su erotismo recién renacido. Él se mostraba encantado con su sensualidad, le decía “mi hembra en celo”, y ella se sonrojaba en la sombra de sus femeninas inquietudes. La timidez inicial dio lugar a una entrega impúdica cuando él le enseñó a buscar con sus dedos el lugar donde en su cuerpo se escondía el placer y ella aprendió a alcanzar orgasmos que la dejaban en un estado de languidez dulce y vagamente insana que perduraba todo el resto del día.
El recato la impidió de hablar con sus amigas sobre la relación con Javier. Terminó alejándose de las personas que antiguamente frecuentaba, porque había perdido el interés en convivir con quienes no pudiera compartir su euforia mental y el desorden de su corazón.
En un domingo, cuando, como de hábito, sus hijos, nueras y nietos vinieron a almorzar con ella, estuvo tentada por hablar a su familia sobre Javier, pero apenas había aflorado el asunto, la reacción de los hijos y de las nueras la desanimó de hacer confidencias, puesto que no sólo la avisaron de los peligros que hay en confiar en las personas que se conoce a través de Internet, sino que sembraran tal cantidad de pánico en su corazón al decirle que arriesgaba que alguien entrase en su cuenta de correo electrónico, que apenas se fueron ella se ocupó en cambiar su contraseña y decidió que de ahí en adelante tendría mucho cuidado para que nadie pudiera tener acceso a su correspondencia y a sus conversaciones con Javier, porque la horrorizaba la idea de que alguien invadiese la intimidad de sus juegos amorosos.

Pilar pasó el resto del otoño y el invierno en la exaltación de amar y ser amada, y cuando cayó en cuenta de que desde hacía algún tiempo pensaba los verbos en futuro empezó a hacer planes para viajar al Uruguay y encontrarse con Javier.
Sin embargo, cuando la primavera estalló en Madrid y mariposas alborozadas aleteaban en la sangre de Pilar, Javier desapareció de su buzón de correo, de la ventana del Messenger, de la pantalla de su ordenador.
En medio de sus interrogaciones perplejas, Pilar fue acosada por el presentimiento de que las explicaciones –si obtuviera algunas– serían más dolorosas que las dudas. Cuando el temor de perder a Javier empezó a transformarse en certidumbre de haberlo perdido, ella le escribió: “si tuviese esperanza de que me leyeras yo me desangraría en el papel”. No tuvo respuesta.
Con los ojos hechos puños cerrados, Pilar miraba la pantalla iluminada del ordenador que la ausencia de Javier había transformado en un abismo. La certidumbre de que él ya no la quería le secaba la saliva en la garganta, le rasgaba el pecho en tiras. En sus noches pobladas de pesadillas ahondaba en una ciénaga donde se debatía, sofocaba en el lodo, se ahogaba en el fango, y despertaba con la vaga idea de que había estado muerta mientras dormía. Arrastraba su desconsuelo a través de los días e intentaba habituarse a la soledad, sin éxito, porque sabía que no hay redención para el dolor que uno no entiende.
Pilar cayó en la cuenta de que no tenía otros medios de comunicarse con Javier aparte de su cuenta de correo electrónico. No conocía su dirección postal, su teléfono, el nombre de la empresa donde trabajaba. Pensó que podría encontrar en la web a las empresas uruguayas que editan enciclopedias, no serían tantas, pero en esos momentos ya ni siquiera sabía si Javier era su nombre o el apellido que usaba en la red. En algún lugar, entre los 1.400.000 habitantes de Montevideo (¿sería verdaderamente ésa la ciudad en que él habitaba?) había un hombre a quien ella amaba y cuya identidad no conocía. Pudiera ser que no se llamara Javier, no tuviera 50 años, no fuera uruguayo, no vendiera enciclopedias. Podría ni siquiera ser un hombre. “Me enamoré de unas palabras”, pensaba Pilar bajo los golpes del espanto.

Tanteando en medio a la niebla de no saber lidiar con esa pena y sin que el lenitivo de la razón cicatrizase sus heridas, se le ocurrió la idea de entrar en la cuenta de correo electrónico de Javier, como lo hacen los hackers, conforme a los comentarios que ella había escuchado a sus hijos. La hipótesis de invadir la cuenta de otro, como un marginal del ciber espacio, al principio le horrorizó por la falta de decencia que eso suponía. Pero la idea se fue acomodando poco a poco en su mente, apoyada en el argumento de que difícilmente conseguiría descubrir la contraseña y por eso no hacía mal alguno por intentarlo. Un día se animó a experimentar pero luego cerró el ordenador de un manotazo y se fue a caminar un rato en el jardín para sosegar el sentimiento de culpa. Entonces se sintió alumbrada por la sensación de que había estado menos distante de Javier durante el tiempo en que intentaba adivinar su contraseña. Por eso, esa noche lo volvió a intentar. Y la mañana siguiente. Y la tarde siguiente. Y la noche siguiente.
Erraba siempre y eso no le sorprendía: le parecía que tenía el obvio deber de no acertar. Por un lado se alegraba de no haber conseguido entrar furtivamente en la cuenta de Javier, porque de esa manera no tenía necesidad de administrar su culpabilidad, mas por otro lado, el no haberlo conseguido era una razón suficiente para volver a intentar. Tenía todo el tiempo del mundo para gastar delante el ordenador: a veces su soledad le parecía tan inmensa que pensaba que el resto de su vida no bastaría para recorrerla.
Con una perseverancia demente, experimentaba combinaciones con el nombre de Javier, la edad, la ciudad, la fecha de nacimiento, la profesión, las calles y plazas de Montevideo, fechas históricas en Uruguay, ediciones de enciclopedias. Rebuscaba en la memoria los diálogos que habían mantenido, exploraba palabras que él solía usar, invertía conceptos, combinaba letras mayúsculas, minúsculas, números romanos, números arábigos, declinaciones latinas, etimología de vocablos.
Los días transcurrían y Pilar poco a poco se acostumbró a la ocupación perversa de intentar adivinar una contraseña. Al fin y al cabo, era lo único que aún la ligaba a Javier y por eso le parecía, si no disculpable, por lo menos analgésico. Entre el remordimiento y la complacencia, resbaló para una especie de obsesión que le ayudaba a mantener el dolor atareado. Escribir la dirección de Javier y digitar hipotéticas contraseñas se volvió en un hábito que su mente ya no analizaba y su voluntad no contradecía.
Un día, de entre los recuerdos ahogados emergió un diálogo que había tenido con Javier:
–¿Qué significa incubus?
–Es lo contrario de succubus.
Digitó íncubus. Intento fallido. Digitó súcubus. Volvió a fallar. Digitó incubus sin acento. Tampoco hubo suerte. Digitó succubus, con la grafía latina. Consiguió entrar.
Pasaba por alto los mensajes de trabajo y se detenía en las cartas personales cuyo contenido conocía de memoria porque allí encontraba frases que ya había leído y que habían sido escritas para ella, con las mismas palabras acariciantes y el mismo don de amor. “Te amo con una pasión desmesurada”. “Quiero besarte en el medio de la calle”. “Siento el deseo irreprimible de gritar tu nombre”. Ahora esas mismas frases eran escritas para alguien llamado Cristina, de Puerto Rico, y para alguien de nombre Ana, de Venezuela. Además de esas cartas, había cortos mensajes intercambiados con colegas de la empresa. Por ellos Pilar se enteró de que a la hora del almuerzo los muchachos de la oficina venían a la sala de trabajo de Javier para ver las escenas de sexo virtual que él mantenía con Cristina y con Ana, comentaban entre ellos los detalles eróticos de las exhibiciones sexuales y ponían en ridículo a las mujeres a quienes Javier seducía para que sirvieran como objeto de burla y escarnio. A Cristina le decían Lengua de Fuego, Ana era La Insaciable.
Con el corazón hecho un retablo de duelos Pilar retrocedió en el tiempo hasta encontrar los mensajes en que escarnecían La Vieja.

17 comentarios:

Óscar Distéfano dijo...

Este es un relato estupendo, apreciada Marién. Me ha dejado mudo. Hace mucho que no leo algo tan lúcido y sobrecogedor. El planteamiento, el nudo, el desenlace, todos engarzados con maestría. Te felicito, sinceramente.

Un saludo afectuoso.
Óscar

Ana Muela Sopeña dijo...

Felicitaciones, Tania. Realmente estremecedor. Muy bueno.

Un abrazo
Ana

Anónimo dijo...

Wow, tienes una imaginación fenomenal, me quedé boquiabierta con el cuento pues de la fantasía se puede pasar a la realidad, que horror, pensar que esas cosas si pueden pasar, jaja, me muero y remuero ahí mismo. Jajaja, mejor que cuento es como un cuento advertencia para quienes se exponen de esa manera en la web, ciertamente vivimos una era rarísima al respecto. Menos mal no tengo cámara, jajaja estoy lejos de cualquier tentación, pero entre tristeza y risa de horror, me ha dejado tu cuento, que está narrado en una forma magistral, como lo sabes hacer tu, pues no se corta el hilo de la historia y uno desea llegar al fin de la historia comiéndose literalmente tus letras.
Fabuloso, me gustó, eres mágica escribiendo..... felicitaciones. Mis besos para ti, muasssssssssss.
Freya

Tania Alegria dijo...

Tu lectura me honra, Poeta Óscar Distéfano. Muchas gracias por demorarte en mis letras y dejarme tu comentario gentil.

Un abrazo fuerte y afectuoso.

Tania Alegria dijo...

Mi entrañable amiga Ana Muela Sopeña, tu presencia honra mi página. Me alegra que mi cuento haya merecido tu aprecio.
Muchas gracias por haber venido.
Un abrazo cariñoso.

Tania Alegria dijo...

Querida Freya, amiga del alma, si mi cuento mereció tu aprobación valió la pena que lo escribiera. Me encanta que el enredo te haya llegado porque tu sensiblidad es una buena medida para el alcance de la pluma de quien escribe.
Tus palabras me honran, me alegran, me ponen el corazón en fiesta, porque viniendo de una poeta como tú no puedo menos que sentirme doblemente halagada por el aprecio que muestras por mis letras.
Te abrazo con la acostumbrada ternura, mi cielito claro.

Anónimo dijo...

Me parece un relato precioso Marién que engancha hasta el final; me dejó el corazón encogido. Una verdadera maravilla, te felicito de todo corazón.
Abrazos con mucho cariño
Phoeby ( Angeles)

Tania Alegria dijo...

Querida amiga Phoeby, que contenta me hace encontrarte aquí entre mis párrafos.
Gracias por haber venido, amiga. Eres un sol.
Para ti, mis ternuras.

Carlos Serra Ramos dijo...

Lo dicho, Tania.

Tu conocimiento del verbo en español me deja perplejo.

Una historia que por desgracia es real en ocasiones, también es cierto que otras tienen un final feliz.

La necesidad de compañía real o cibernética hace que algunos desalmados se aprovechen sin consideración alguna.

Sin embargo, a poco que analicen el comportamiento del seductor se podrían apercibir de sus intenciones. ¿Cómo puede jurarse que estan dispuestos a vocear su amor en la calle, o que darían la mitad de la vida que les resta por vivir la otra mitad en sus brazos cuando no son capaces de tomar el primer vuelo a la Conchinchina, si es preciso, para darles un beso?

Los casos que conozco -bastantes- que llegaron a buen puerto les faltó tiempo para verse y tener todo tipo de información uno del otro. En Poesíapura han habido dos o tres, que también debes conocer tú, cuyo final y enamoramiento es extraordinario. Me alegré por ellos.

Y nada más, Marién, añado un abrazo al aterior en tu otro blog.

Carlos Serra
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Tania Alegria dijo...

Estimado y admirado Escritor Carlos Serra, tus palabras llegan a mi sensibilidad intelectual y afectiva y ahí se quedan centelleando, con una luz cálida y buena.
Muchas gracias, querido amigo, por haber estado y por tu gentil comentario.
Cumple decir que hace seis años estudio en forma auto didacta el idioma español y, de todas maneras, mis textos siempre son revisados y corregidos por los compañeros de los foros virtuales que frecuento. Como sabes, trabajo mis textos en prosa en Biofragua y mis poemas en mi foro Sala de Escritores.
Así que sigo siendo una aprendiz de las letras hispanas y a los compañeros debo el poder permitirme el atrevimiento de exponer mis trabajos.
Te abrazo con emoción y afecto.

Las autoras dijo...

Un trabajo excelente, con una prosa cuidada, un argumento original y un manejo de los recursos del cuento que te muestra como una escritora que ha arribado a un punto de madurez sumamente interesante.

Mis felicitaciones

Andrea dijo...

Con avidez,
en voz alta
y he quedado sin aliento...<<

Una maravilla hecha reato, me ha encantado.

Un abrazo enorme,

Andrea

Tania Alegria dijo...

Me alegra que ese relato te haya gustado, Andrea. Tu aprecio honra mis letras.
Un saludo afectuoso.
Tania Alegria

rodhouse dijo...

Tania: muy bueno, breve e intenso. Felicidades.

Tania Alegria dijo...

Muchas gracias por darme el honor detenerte en mis letras, Rodhouse, y por la generosidad de tu comentario. Estuve en tu Anaquel y traje tu enlace para engalanar mi página.

Un saludo cordial y un abrazo amigo.
Tania Alegria

Manuel Maria Torres Rojas dijo...

Picabia, en 1921, escribió (cit. de memoria): "Entiendo por bienestar moral la posibilidad que puede tener un individuo de ampliar el círculo de sus conocimientos en todos los terrenos..."
"Intimidad" me ha complacido sobremanera, en el fondo y en la forma. Eres honra y prez de nuestras letras y yo te bendigo. Así sea.

Tania Alegria dijo...

No tengo palabras para decir lo cuánto me honra tu lectura, estimado Manuel. La tuya es la opinión de un maestro, y mi ego humilde se regocija ante la generosidad de tu mirada.
Agradezco la generosidad y en júbilo te abrazo.