lunes, 14 de julio de 2008

EL MACHO LATINO

Foto de Beatriz Morán

Lunes, las nueve de la mañana. Felizmente no me retrasé, creí que aquella vuelta para dejar a Matilde en la peluquería me iba a tomar más tiempo. Ahora bien, antes de todo un café negro y corto, para espabilar. Matilde no me deja tomar café en casa, mejor dicho, no permite que haya café en casa. Que le hace mal al corazón, que le da gastritis, que le pone los nervios de punta , que también me hará mal a mí. Se preocupa, la pobre. Vaya, lo tomo en el Petit Colón o aquí en la oficina, me da lo mismo, aunque si voy al Café me como unos churros, que en casa tampoco hay. Fritos y azucarados, Matilde nunca lo permitiría.
En seguida, a encender la computadora. ¡Ah! Aquí está mi Estelita, desbordante de ternura. Lo que esa mujer me quiere daría para llenar el Atlántico. Una pasión a la antigua con arrebatos de modernidad. Y además debe tener una visión budista zen del espacio cibernético. A ver qué me dice hoy. Que sus manos se extienden sobre el océano para tocar mi piel. Que el viento trae el veneno desde su boca de besarme hacia mi boca de morderle. Esa mina es toda piel, labios, aromas. Pero un poco ingenua, al fin y al cabo. No quiere darse cuenta de que por mucho que intente acortar las distancias, el río mide lo que mide y está atravesado entre nosotros.
Si al menos mi ausencia no le causara tanta pena… Me da lástima, soy un tipo sensible, pero no hay nada que pueda hacer en cuanto a eso. Que hace setenta y dos horas no tiene noticias mías. Realmente, no me conecto los fines de semana y a ella le suena a desinterés. Y pensar que el viernes me tomó casi una hora escribirle una carta de amor como seguro nunca recibió ninguna ni va a recibir jamás. Me inspiré en una película que vi el otro día, una de aquellas antiguas, tan al gusto de Matilde. Adapté una frase que dijo Humphrey Bogart: con tantas computadoras en el mundo tenías que aparecer justo en la mía. No se trata de no quererla, la tontita no entiende: los fines de semana no son para estar conectado a Internet, bastante tengo con estar acá del lunes al viernes, de las nueve a las seis, enviando e-mails publicitarios. Además, no tengo pc en casa, Matilde se opuso.
Y salir para ir a un ciber ni pensarlo, los sábados el tiempo no me da para nada, Matilde me exige que vaya a hacer las compras y no puedo negárselo, a causa de su columna le hace daño cargar peso, y eso no sería justo cuando estoy yo para traer las bolsas, y si no lo hago después no puedo exigir que haya comida en casa. Eso lo dice Matilde y tiene razón. Y por el mismo tema de la columna también me toca a mí aspirar el polvo de la casa y poner la ropa en la lavadora y tenderla. Siempre pensé que el hombre debe ayudar a la esposa, si hay un defecto que no tengo es el ser machista.
Bueno, la verdad es que en el tiempo que me sobra de los quehaceres domésticos debo llevar a Matilde al cine o a dar una vuelta por Santa Fe, a pasear por Alto Palermo, o al Patio Bullrich. A ella le gusta recorrer los negocios y la acompaño de buen grado. No puedo quejarme de que sea gastadora, raramente compra algo. Tampoco hay dinero para eso, con lo cara que está la vida, este país nunca más acierta en el rumbo. Lo que le encanta es mirar vidrieras a la pobre, y no puedo decirle que no. Además, si se pone mal, adiós esperanza de sexo en el fin de semana.
Porque debo aclarar que el sexo virtual no me satisface, aunque a Estelita la he convencido de que tenemos orgasmos simultáneamente, es decir, cuando ella se masturba mientras le escribo frases eróticas. En cuanto a mí no puedo ni siquiera ponerme excitado, faltaría más, acá en el trabajo, con todos los colegas a mi alrededor. Ella cree que soy el jefe de la empresa de publicidad, que tengo un despacho para mí solo. Estelita dice que alguien con mis aptitudes debería estar viviendo en Barcelona, la ciudad más culta de España. Bien que me gustaría, ellos allá tienen un nivel de vida altísimo. Y Estelita debe estar muy bien situada, tiene un salón de estética de lujo, seguro ganas ríos de plata por lo que me cuenta sobre su clientela y el número de empleadas que tiene.
Estelita es una mujer constante, fiel. Diariamente me escribe preguntando si la quiero y el cómo y el cuánto y todos los lunes reclama por no le haber escrito durante el fin de semana. Por supuesto que la adoro, y se lo digo todos los días, de lunes a viernes, un mensaje breve tan pronto llego a la oficina para decirles buenos días mi amor y a lo largo del día le voy escribiendo una larga carta, conforme me lo permiten el trabajo y los descuidos del jefe que nos fiscaliza por detrás del vidrio de su acuario. La verdad es que le escribo con el máximo capricho. Hoy, por ejemplo, escuché en la radio del coche “En esta tarde gris”, cantado por Julio Sosa, una maravilla, ya no hay cantores como antiguamente, así que voy a escribirle que sus mensajes sangran en mí.
Lo que no puede es quejarse de falta de amor: lleno su vida de cariño y emoción, le encanta mi vena lunfarda y arrabalera, pero no es caso para escribirle en los días en que no trabajo. Los sábados estoy ocupado con las tareas domésticas y los domingos debo ir a almorzar a casa de mis suegros. Al regresar me siento frente a la tele y ya me quedo medio dormido. No puedo decir que no me aburran aquellos desfiles de modas que a Matilde le gustan tanto, a mí me parece que son siempre los mismos pero ella dice que no. Yo preferiría ver las carreras o un partido de fútbol, por lo menos cuando juega River, pero Matilde exilió esos programas de nuestra pantalla, dice que son cosas de brutos. Así que estoy allí tumbado y descansando y a la vez evito encontrarme problemas con Matilde, no tengo interés en que se moleste, que cuando se sale de sus casillas, la pobre, no tiene trabas en la lengua, ya estoy habituado a su temperamento, lo único que me molesta es que me llame cretino, pero en fin, son maneras de decir.
Sea como fuere, en el fin de semana Matilde me tiene ocupado. Lástima que Estelita sufra tanto con mi ausencia en la pantalla de su computadora. Vive pendiente de mis correos, las mujeres son unas devoradoras de cartas de amor. Les basta con un mensaje romántico con una buena dosis de sensualidad, enviado regularmente, para creer que tienen solucionadas sus carencias afectivas y sexuales. Pasa que se vuelven muy exigentes, y durante los fines de semana no puedo dar atención a Estelita, estoy muy ocupado en agradar a Matilde para que me deje hacerle el amor al menos una vez a la semana, no es pedir demasiado. Ya sé que no es posible, le duele la espalda, cuando no le duele la cabeza u otra parte cualquiera del cuerpo, y además dice que estoy obsesionado con el sexo, que una vez al mes es suficiente para cualquier hombre normal.
A Estelita seguro le agradaría hacer el amor todos los días, pero está del otro lado del mundo y a pesar de sus ilusiones sobre las relaciones virtuales la vida es lo que es. Por más que se extienda en descripciones de sus estados de espíritu y de sus sensaciones carnales, la verdad es que en la red la piel no tiene tacto, el beso no tiene sabor, la mirada está ausente, la ilusión es el único suelo que uno pisa y no es suelo firme. Me sirve más un orgasmo entre las piernas de Matilde, aunque me ponga cara de hacerme un gran favor y se queje de que me demoro una hora encima de ella.
Pero lo dicho, el sexo virtual no es lo mío. A veces me satisfago en el baño, antes de acostarme, pensando en Estelita, y me voy a dormir sin molestar a Matilde, que tiene derecho a un sueño tranquilo luego de pasar todo el día preocupándose con las tonterías que hago. Al menos es lo que dice.
Bien, ahora le voy a escribir a Estelita diciéndole que beso todos los centímetros de su piel, que le muerdo los pezones, que me ahondo en sus grutas secretas, que bebo sus jugos, que me enveneno en su amor y que me muero en sus brazos. Y le mando el enlace para Sur, que la transportará con sus embales hasta la esquina de San Juan y Boedo: Tu melena de novia en el recuerdo y tu nombre flotando en el adiós…
A Matilde no le gusta el sexo. No sé desde cuándo le dio por eso, antes de casarnos le gustaba que le tocase, luego el entusiasmo se le fue como por encanto. A lo mejor dejó de gustarle a causa de la jaqueca, la pobre, con los dolores de cabeza que tiene se comprende que no esté para los juegos del amor.
Bueno, a ver si hoy por la tarde, antes de irme a casa me conecto al Messenger para hablarle a Estelita. Lástima que no pueda conectarme con cámara y voz aquí en la oficina. Bueno, tampoco me serviría de mucho. Tendría que quedarme hasta después que todos se hayan ido, por lo menos hasta las siete, y si llego tarde a casa Matilde me mata. El otro día, cuando me encontré a un antiguo compañero de escuela y fuimos a tomar una cerveza me retrasé media hora y cuando llegué Matilde ya estaba poniendo mis cosas en una valija y lista para echarme a la calle. Dijo que si yo fuese un hombre de veras ya me habría ido. Ah, si Matilde supiera qué machazo rompecorazones tiene en casa... Quien me conoce bien es Estelita.


Mañana de lunes de agosto, con cara de domingo. En el mes de Agosto todos los días se parecen al domingo. Será porque los habitantes de Barcelona se han ido de vacaciones para sus masías, para sus casas en la playa, para las aldeas de donde vinieron.
¡Lunes, umbral de ti, Antonio! Mañana de mi desasosiego, que pone un punto final en el fin de semana despiadado, ingrávido, sin gloria, cargado con todo el peso del domingo sin ti, del sábado sin ti, días curvados bajo el leño de tu ausencia, desafortunados días de mi soledad semanalmente repetida.
Estoy poetizando. Cuando pienso en Antonio me pongo así, lo que es una tontería, debería tener juicio. Vaya que cuando le escriba busque transmitir con cierto lirismo el relato de la desventura que es vivir sin él, pero aquí, en esta oficina donde se espera que mecanografíe 60 requerimientos por día, a las nueve de la mañana, delante de esa pantalla donde lo único que me interesa es la ventanita del buzón de correo donde va a llegar un mensaje de allende el mar, aquí estoy conmigo, no hay razón para poetizar.
Enmarco mis sensaciones en palabras, Antonio, para que no huyan del cuadro, para poder colgar en la pared este momento de la vida y mantenerlo ahí, perpetuo, inmutable, ileso a los navajazos de la vida cotidiana.
Mejor encaro la realidad y acepto que los fines de semana él y la mujer tienen su vida social, los sábados y domingos son para recibir a los amigos, ir al club, al cine, al teatro, la pareja tiene una vida social y cultural intensa. Felizmente para él. Felizmente para ella. Bien, nada de despecho, que yo sabía en lo que me estaba metiendo cuando abrí la puerta y le invité a que entrara en mi vida.
No hay lugar para mí en tu fin de semana, Antonio. Lo sé. No es la falta de objetividad lo que me consume, Antonio de mi alma, es carencia sexual y emocional pura y dura, carencia de ti, amor por ti, ésa es la verdad.
Le mando un e-mail para que lo encuentre cuando llegue al trabajo, son cuatro horas de diferencia entre Barcelona y Buenos Aires, cuando llegue encontrará mi mensaje, es como si lo estuviese esperando. Con una túnica de gaza y una orquídea salvaje en el cabello. Me pasé de nuevo. Volviendo a la neutralidad de la sensatez, si me hubiesen dicho que algún día habría de pasar un fin de semana ansiando el momento de volver al trabajo para encontrar un mensaje de amor llegado desde el otro lado del mundo, enviado por alguien a quien jamás encontraré, no lo creería. Pero no pienso en nada más.
Pienso en ti, Antonio, en la oscuridad de mis cavernas.
Al principio no me interesaba verdaderamente, era una broma, un juego de seducción para pasar el tiempo y alegrar el cotidiano. Lo que me aguzó las ganas de conquistarlo fue el saber que él tiene un matrimonio dichoso. Un hombre que hace feliz a su mujer debe de ser un buen amante, un buen compañero, una buena pareja, aunque virtual. Por eso me empeñé en seducirlo, envuelta en un aura de misterio.
Antonio, yo te regalo la mujer que se esconde en el envés de mis espejos.
Contaba con un flirteo rápido y sin dolor, como muchos que ya tuve en Internet. Poco a poco fui destapando lentamente el velo para dejarle ver lo que de mí le quería mostrar, le dije que me llamaba Estelita, le envié una fotografía que fui a buscar a una página de haute coiffure en la red y le conté que tenía un salón de estética. Pero cuando me mandó su foto y vi aquella imagen de macho latino –aquello no era una imagen, era un paisaje- y el vello en el pecho que se veía por la abertura de la camisa, mi corazón se tumbó al suelo. No se tumbó, se tiró. Para tener un pecho como aquél ese hombre tiene que ser pura testosterona.
Era un juego, Antonio. Aposté y perdí.
A veces se me antoja que al fin y al cabo esa relación es todo lo que tengo. Es decir que llegué a una altura de la vida en que todo lo que tengo es precisamente lo que no tengo, lo que diariamente invento. Aquí me quedo a la espera de que aparezca en la ventana para salvar mi día de no ser más que una pena inconclusa. Al este y al oeste de esta pantalla no sucede nada que merezca mi presencia.
Te espero Antonio, con tus palabras de tango, tus besos alegres, tu risa fácil, y el amor que dices tenerme.
Al inicio solamente me excitaba, cuando me decía las maneras como habría de hacerme el amor, revolcándonos en la harina en el suelo de una panadería, debajo la mesa de un banquete en una ceremonia oficial, en la espuma del agua del mar, en una esquina de alguna ciudad distante y misteriosa, en el césped de un jardín ajeno, bajo el dintel de una puerta que da a un zaguán de azulejos blancos y negros. Yo le decía que tenía orgasmos al leer lo que me escribía, pero en verdad me guardaba sus palabras para luego masturbarme pensando en ellas.
Tu ausencia pone gemidos en mis sábanas, Antonio.
Después, un día que yo estaba particularmente frágil, él me envió una canción de Fito Páez y de repente empecé a pensar que quería ser aquella mujer de la canción, quería juntar margaritas del mantel, fumar unos chinos en Madrid y no hacer otra cosa sino escribir. Quería que Antonio, que no buscaba nada, me viese y pensase que yo era un ángel o un rubí.
Ahora sé, Antonio, que “las luces siempre encienden en el alma”.
Él vive en un barrio llamado Palermo. Leí en la red que una parte de ese barrio, Palermo Chico, es una zona residencial elegante, con viviendas y calles arboladas. Debe ser bello vivir en Buenos Aires. Cualquier lugar debe ser bello cerca de Antonio, a causa de la fiesta de amar que él celebra a cada paso, como si el simple acto de existir fuese una orgía. Si a esa distancia en que estamos sus festejos me contagian, me imagino que en la vida de su esposa la rutina es un festival.
Antonio, eres el metal y la forja.
Había un tango, no uno, miles de tangos. Los aprendí de memoria. Canto tangos en la ducha y acabo por masturbarme. Canto en el andén mientras espero para coger el metro de Sants para la Plaza de Catalunya. No sé porque, siento ganas de llorar cuando él me cuenta que es día de llovizna gris en Buenos Aires. Todo lo que viene de él me alborota. A veces voy con algún tipo que engato en un bar, sí, a veces me sucede encontrar tipos en los bares en la calle de Aribau e ir con ellos. Hago de cuenta que estoy con Antonio.
Te quiero, Antonio. Nadie me zarandea el alma como tú.
Nunca entendí cómo puede alguien enamorarse en Internet. Creo que tiene que ver con las carencias de cada uno, con la idea de que en el mundo virtual podemos no ser quienes somos, sino quienes desearíamos ser. Tampoco necesito entender, me sucedió, simplemente. Entre tantos absurdos que desde siempre poblaron mi vida, éste es uno más. Vida de rumbos tuertos, de atajos, de desvíos. El horizonte siempre estuvo ubicado en algún túnel. Esta pasión es tan sólo un equívoco más, un desvarío. Habrá de pasarme, todo pasa. En mi vida no hice más que enamorarme de las personas erradas, y al final están todas en un rincón de la memoria en donde sólo entro cuando quiero.
No, Antonio, no eres la luz, eres el túnel.
Mientras ese frenesí no pasa, espero un mensaje que me llegue con aroma de madreselvas trepando por los muros, magia de patio con sombra de acacias y aroma a jazmín, algo de pecado, de noche, de navaja, de garúa, de luz difusa en la niebla, de luna reflejada en los charcos de la acera en una esquina de un arrabal porteño. Espero un mensaje con sabor a besos.
Ay, Antonio, de tanto pensar en tus besos conozco su sabor como si me los hubiera bebido.
Será a causa de sus besos que a su mujer no le gusta que se quede ni un minuto después de las seis en la oficina, en su lugar haría lo mismo.
También sé de urgencias, amor mío: son el veneno en el cáliz.
En fin, siempre supe que sería así, no debo quejarme. Todo lo contrario, debo alzar mi copa y brindar a ese harapo de amor. Al fin y al cabo es lo que adorna mi vida, me pone mariposas en el corazón y lentejuelas en la piel, es una inyección de sangre en las venas, un rito pagano en mi pecho. Nadie me habló así, nadie me emocionó de esa manera, nadie me enseñó la fiesta de amar, nadie jamás me hizo sentir como un ángel o un rubí.
Eres la última morada de mi fantasía, Antonio.
Debo contentarme y ser feliz con mi contentamiento. ¿Qué más puedo desear? ¿Qué más puede esperar un gay de mediana edad enamorado de un macho latino?

12 comentarios:

Ana Muela Sopeña dijo...

Qué buen relato, Tania. Impactante y reflejando muy bien una realidad sociológica absolutamente verdadera.

Lo que para una mujer que tiene la vida resuelta es capricho y romanticismo, para un hombre de un país pobre es una cuestión de supervivencia.

Excelente
Un abrazo

Ana

Tania Alegria dijo...

Asombrada por tu talento para leer desde adentro de lo escrito y por la perspicacia con que apañas el cerne de un relato y lo traduces en breves palabras, no puedo menos que agradecerte por el privilegio de ser leída por alguien con tu percepción y sensibilidad.

Gracias por haber estado aquí, compañera.

Julio Díaz-Escamilla dijo...

Aún cuando nos pongamos humanistas y sociólogos, comprendiendo un hecho real (dentro de lo ficcional de la fábula) es improcedente justificar la falta de moral, ética y principios de mucha gente que juega con otra; la poca sabiduría de quienes hacen de la internet un club de pesca amorosa y hormonal y, por supuesto alegrarnos de esto o aquello. Me centro en la mecánica narrativa, y saludo a la autora.
Un abrazo.

Tania Alegria dijo...

Gracias por tu lectura y comentario, Julio.

Lamentablemente, en la red virtual, la búsqueda de satisfacción para las carencias afectivas por parte de unos, va a par con la práctica de la crueldad por parte de otros. Esperemos que la masificación del medio virtual y su integración en el cotidiano de las personas conduzca a los internautas con especial tendencia al romanticismo y a la fantasía a percatarse de que Internet no es otra vida, sino parte de la vida, y en cualquier ámbito en que nos movamos hay que usar de sensatez y mantenerse lúcidos.

Aprovecho la oportunidad para contarte que estoy intentando componer un poema polimétrico con rima asonante en los versos pares, como aprendi de ti. Cuando lo ponga en mi blog de poesía, Navegando Espejos, te avisaré para que le eches una mirada.

Gracias por haber estado, Julio. Eres bienvenido a mis encrucijadas.

Un abrazo afectuoso.

Manuel Maria Torres Rojas dijo...

En tu relato, la visión de una realidad que conozco, adquiere, por luminosa, el valor de lo preciso y mineral.
Hoy nos hemos encontrado entrambos en el mundo de la escritura en soporte virtual, pero Escritura a la postre, cuando merece tal nombre. La tuya está más arriba de la que conozco en la red ¡Loados sean los dioses del verbo y de los sustantivos!
No nos perdamos de trato...¡estamos en extinción! A tus pies, querida Tania.

Tania Alegria dijo...

Muchas gracias Manuel. Viniendo de ti, esas palabras inauguran un estado de júbilo en mi viernes, que amenaza durar todo el verano.
Ya tengo tus coordenadas y no te perderé de vista. Por deleite y también con algún interés a la mezcla: tengo mucho que aprender de ti.

Te dejé algún mensaje en Facebook, pero no sé adonde fue a parar porque a veces me lío en las encrucijadas de las virtualidades. Decía algo así:

"Veo que tenemos en común un dejo de pasión por Juan Ramón Jiménez. Y reitero los elogios que te dejé. Es más, pienso que mientra existan personas que escriban como tú, "se quedarán los pájaros cantando". Desde Lisboa, un saludo cordial y un abrazo afectuoso."

Otro saludo. Otro abrazo.

Ana Muela Sopeña dijo...

Vuelvo a este relato tan apasionado como cruel.

Sí, terrible todo lo que cuentas con pluma maestra.

Te dejo un abrazo
Ana

Tania Alegria dijo...

Gracias por tu presencia y tu gentileza, querida Ana.
Nos leemos.
Te abrazo con el acostumbrado cariño.

abajolasopos dijo...

Y yo que creo que esa Marién me suena ;)

Tania Alegria dijo...

A lo mejor te cruzaste con ella en las encrucijadas virtuales, Abajolasopos. Los egos son así: cuando se reencuentran, se reconocen.
Te abrazo, mi pluma favorita.

Ranita Azul dijo...

No sé porque tengo la sensación de sentirme siempre querida, que en ningún momento se me ha catalogado con una opinión que me sonroje negativamente. Salvo por alguna excepción valoraba por sus conocimientos sociales y del mundo que yo no frecuentaba, quizá la palabra sea, incomprendida, en mis deseos de hacer un bien y confiarme a su mejor gestión y discreción, pero de los errores aprendemos y no me arrepiento cuando no era precisamente el resultado que deseaba. Mi salud se resintió desde entonces.

"La rana" aún se ruboriza por cualquier fallo donde sus limitaciones juegan con sus 'saltos' imprecisos o dudas que la mantienen en su limo. Como siempre, está la desnudez del alma al servicio de nuestra honestidad la que produce inquietud a los míos porque temen que se me haga daño; por eso también hablan mis egos por mí extrayendo lo mejor que conoce mi memoria.

No siempre funciona así todo en esta vida, lo sé y me calzo para pisar este mundo real aunque me cuesta dejar 'mi nube' donde no hallo espinas, "no basta saber y sí moverse en el medio en vivo y directo", me aconsejan. Por esto pecamos de incautos en este medio aunque a estas alturas no puedo pensar que debí ser diferente y sí como he sido; me alegro de haber mantenido mi identidad tal como siempre me he presentado y percibo que debe ser una virtud, ajena al medio "virtual" que me permite ser quien soy. Será simple percepción de sentirse seguro delante de quien tiene un alma grande y llena, en este caso tú entre otro amigos que merecen mi confianza y, yo, el honor de que ellos me brinden la suya.

Decías: "me conoces por los cuatro costados"... Quizá sea así querida, Tania, precisamente porque una se siente a gusto en estos medios con la forma y estilo en que transmites o comunicas; y el respetuoso consejo, porque sin ello no se aprende y no hay esfuerzo en quien pretende y desea ser auténtico; la sinceridad me conmueve y roza el alma, nunca debe ofender a quien aún está verde o necesita alguna luz. Es posible que sea precisamente la mejor forma para no equivocarse, pero es bien difícil que todos podamos coger la onda con la misma señal, la que favorece los encuentros y atrae sin ningún temor con la seguridad de no equivocarse.

Gracias de nuevo de quien por alguna razón no difícil de adivinar, te siente y se siente apreciada y cercana.

Mi abrazo siempre. Elisa

Tania Alegria dijo...

Mi querida amiga Ranita, me siento conmovida por el tiempo que dedicas a conversar conmigo y honrada por tu atención a mis escritos.
Es una grata sorpresa encontrar tus comentarios que profundizan en primera persona las realidades del entorno de quienes, como nosotras, nos dividimos entre el mundo real y el virtual, además de nuestros buceos en el cosmos interior.
Considérame extremadamente agradecida por tu presencia en mi página y encantada por la inteligencia, lucidez y sensibilidad que desbordan de tus palabras.
Nos leemos, amiga del alma.
Un abrazo fuerte, con toda mi ternura.